Dicen los expertos en demografía, que si se mantiene la tendencia actual para el año 2025 el 70% de la población mundial vivirá en las ciudades, que  actúan como centros de atracción, y estructuran la economía global en nodos territorialmente concentrados. En dicho contexto las ciudades adquieren un creciente protagonismo pero, al mismo tiempo,  afrontan nuevos retos.

La concentración hace de las ciudades verdaderos núcleos de desarrollo económico y tecnológico, pero también las convierte en focos de problemas  urbanísticos, sociales  y de toda índole. Por tanto, las ciudades modernas deben transformarse en espacios flexibles, sostenibles, tolerantes, que aporten valor a los ciudadanos, y ello conlleva una dinámica de cambio permanente a través de la incorporación constante de novedades, con una visión en el  largo plazo. La innovación, entendida en un sentido amplio, no estrictamente tecnológico, es el medio para conseguirlo.

La innovación es, ante todo, un fenómeno social pues no afecta sólo a las empresas, sino también a las instituciones, a las organizaciones, y especialmente a las personas, que constituyen el núcleo de todo proceso innovador.

El presente artículo propone una reflexión sobre cómo transformar la innovación en un proceso estratégico para el desarrollo de las ciudades, centrado en las personas que viven la innovación como un valor que mueve sus decisiones y acciones diarias.

CIUDADES QUE INNOVAN

Las ciudades modernas innovan generando programas y proyectos de carácter físico, social y tecnológico,  como infraestructuras, equipamientos, etc., cuyo objetivo es incrementar la calidad de vida de los ciudadanos y hacer la ciudad más atractiva para las inversiones y las actividades económicas en general. Gracias a dicho atractivo, las ciudades agrupan actividades productivas a gran escala, generando efectos sinérgicos y rendimientos crecientes.

La innovación tecnológica en las ciudades contribuye a la creación de este entorno favorable para el desarrollo económico y social, y abarca diversos ámbitos que incluyen áreas como las tecnologías de la información y la comunicación, el medio ambiente, la energía, el transporte, la construcción, el ciclo del agua, los servicios de limpieza urbana, los sistemas de seguridad, etc… Todas estas innovaciones han supuesto, sin duda, importantes avances permitiendo el tránsito desde las ciudades industriales clásicas hacia ciudades modernas con un peso mucho mayor de los servicios avanzados.

Pero hoy ya no es suficiente abordar la innovación en las ciudades como una  sucesión de grandes proyectos. La ciudad no es sólo su parte inanimada, sino que es un verdadero ecosistema lleno de vida y de interrelaciones complejas. Gran parte de los elementos diferenciadores de las ciudades modernas residen en los valores intangibles, muchos de ellos orientados a dar contenido a las infraestructuras, y en las capacidades de los ciudadanos y su entorno social para innovar, y ello introduce una nueva dimensión en el hecho innovador.

CIUDADES INNOVADORAS

La ciudad innovadora es aquella que busca de forma sistemática y deliberada hacer cosas nuevas o hacer las mismas cosas de formas nuevas, planteándose retos significativos y desafíos que aporten valor a los ciudadanos y a la sociedad en su conjunto. No se trata pues de la simple realización de una secuencia de grandes proyectos innovadores, sino de un proceso deliberado y permanente, que permita identificar oportunidades y generar a partir de ellas ideas propias, o aprovechar las foráneas, para transformarlas en realidades concretas que aporten valor a todos los niveles.

Para que una ciudad sea innovadora en este sentido, no basta con entender la innovación como un proceso que debe ser gestionado. La innovación en la ciudad se desarrolla sobre la base de un ecosistema de innovación integrado por una serie de elementos que interaccionan de forma compleja y sinérgica. Sin dichos elementos, el proceso de innovación sería una idea vacía.

Ciudades innovadoras

LAS PERSONAS

Las ciudades con innovadoras en la medida en que los son sus ciudadanos. De quí la importancia de promover en ellos una verdadera cultura de la innovación basada en el conocimiento, la creatividad y el emprendedurismo. Son las personas innovadoras que confían en su propia capacidad para innovar y sáben ariesgarse las que, desde sus respectivas actividades, contribuyen a crear dicha cultura, y llegan a configurar ciudades innovadoras con valores propios que las ubican en el panomara internacional con carácterísticas diferenciales.

En los ciudadanos residen la creatividad, el espíritu crítico y el conocimiento, todos ellos elementos claves para la innovación. El conocimiento y las habilidades adquiridas, delimitan el campo de juego conceptual en el que las personas apoyan su capacidad para innovar. De aquí la gran importancia de aumentar de forma permanente la base de conocimiento de los ciudadanos. La formación y la educación constituyen pues una de las herramientas más importantes para la transformación de una ciudad. Las ciudades deben facilitar a los ciudadanos itinerarios para la formación continua a lo largo de toda su vida, de modo que las nuevas iniciativas encuentren siempre gente preparada para impulsarlas y desarrollarlas, especialmente el ámbito de las nuevas profesiones.

Pero el conocimiento es sólo el punto de partida. La ciudad necesita también personas con un alto espíritu crítico, capaces de poner en tela de juicio el estatus quo y, aún más, personas creativas capaces de generar ideas nuevas, en sí mismas o por recombinación de lo existente. Las ciudades acogedoras, que aceptan la diversidad, ofrecen una alta calidad de vida e incorporan el diseño como parte de su paisaje urbano, atraen y retienen a personas creativas que encuentran inspiración, crean relaciones  y emprenden en su seno. Sin embargo, la ciudad innovadora debe ir más lejos y fomentar proactivamente espacios y oportunidades para el encuentro, la reflexión y la creatividad en todos los ámbitos, artístico, cultural, social, económico, tecnológico, etc.

La capacidad de innovación de una ciudad es la suma de miles de iniciativas de personas que saben detectar oportunidades, generar ideas y asumir riesgos para transformarlas en realidades. En consecuencia, es imprescindible fomentar y apoyar los comportamientos emprendedores conducentes a crear nuevos negocios, productos, servicios o procesos. Sólo así es posible generar una base empresarial emergente con alto potencial de creación de riqueza. Para conseguirlo, las ciudades deben facilitar instrumentos adecuados -equipamientos, infraestructuras y servicios- para la concreción y desarrollo de proyectos empresariales arriesgados,  así como mecasnimos para el encuentro entre el talento y el capital. Debe aprovecharse  la diversidad y complejidad que genera el entrono urbano para potenciar el crecimiento de nuevos sistemas productivos, pero sin olvidar dinamizar y modernizar el tejido productivo existente de modo que ambos puedan ser competitivos en el contexto internacional.

En conclusión, la condición necesaria para que una ciudad sea innovadora es que la innovación sea asumida por los ciudadanos como un valor compartido, que forme parte de su propia manera de ser y actuar, y guíe sus decisiones y acciones.

LAS REDES

Las personas no innovan de forma aislada, sino que lo hacen agrupadas en el marco del entorno físico y social urbano. Las ciudades potentes, y sus áreas metropolitanas, son el caldo de cultivo natural, imposible de replicar de forma artificial, para desarrollar, de forma óptima, iniciativas innovadoras. Los entornos ciudadanos crean oportunidades de forma continua. El ámbito de los servicios es una clara muestra de ello. Los acelerados  cambios demográficos, culturales y sociales que se producen en las ciudades  generan constantemente nuevas oportunidades para innovar en temas como la atención a la tercera edad, la integración de los inmigrantes o el desarrollo de nuevas opciones de ocio para usuarios con una exigencia creciente. Tal vez la innovación en servicios sea uno de los mayores retos de las ciudades modernas.

Las ciudades generan infinidad de oportunidades para la interacción y la formación de alianzas entre diversos agentes para abordar retos comunes. Ello permite crear redes de colaboración que integran a personas, empresas e instituciones, generando sinergias que realimentan el proceso innovador.

Las ciudades innovadoras deben fomentar activamente la creación de estas redes internas de innovación, facilitando la confluencia de intereses compartidos y proveyendo las infraestructuras de relación y comunicación necesarias en todos los niveles. Pero también deben identificar y potenciar las redes que emergen de forma espontánea desde la propia ciudadanía, al tiempo que se identifican y eliminan las barreras que impiden su formación y desarrollo. Sólo de este modo las ciudades podrán sacar plena ventaja de su condición de ecosistemas de innovación.

En una economía global, las ciudades deben además establecer también redes externas de cooperación entre ellas practicando el nuevo paradigma de la innovación abierta, lo que reporta importantes ventajas:

  • Constituye una puerta abierta a nuevas ideas, independientes de las creencias normalmente aceptadas.
  • Las nuevas ideas son fruto de múltiples experiencias.
  • Facilita una obtención rápida de resultados de calidad.
  • Reduce  los costes de la innovación y permite compartir los riesgos.

En definitiva, las ciudades innovadoras multiplican su capacidad innovadora en la medida que crean redes internas y externas de innovación.

¿GESTIONAR LA INNOVACIÓN EN LA CIUDAD?

En palabras de T.A. Edison la innovación es un 1% de inspiración y un 99% de transpiración, trabajo duro. Peter Drucker hablaba en términos similares de la “disciplina de la innovación”. Por tanto la innovación no es (sólo) fruto de la casualidad, sino que responde (al menos en parte) a un proceso intencional que debe ser gestionado.

La innovación en las ciudades constituye a  una realidad dual compleja. Por una parte es necesario desarrollar una serie de grandes proyectos innovadores de ciudad, que precisan ser planificados y a los que debe asignarse importantes recursos. Por otra parte, la innovación es el resultado de múltiples iniciativas individuales, que generan un verdadero caos creativo (caos en el sentido científico de esta palabra), del que emergen nuevas formas de orden dentro del ecosistema ciudadano.

Los modelos de gestión centralizados, del tipo top-down, son aplicables sólo a la primera situación. El proceso de innovación top-down debe asegurar un flujo constante de grandes proyectos en la ciudad, y la gestión de la innovación a este nivel debe garantizar que se realizan los proyectos adecuados y de la forma adecuada, contado con una amplia la participación ciudadana. Esta dimensión de la innovación ciudadana puede inspirar su acción en las buenas prácticas que las empresas industriales excelentes vienen aplicando en el ámbito de la gestión de la innovación.

Pero como ya se ha visto, la mayor parte del potencial innovador de las ciudades reside en los propios ciudadanos, lo que implica a su vez fomentar e impulsar un flujo continuo de iniciativas ciudadanas innovadoras emergentes. Gestionar dicho flujo en sentido bottom-up implica impulsar los comportamientos innovadores a todos los niveles y al mismo tiempo proporcionar las condiciones necesarias, eliminando las barreras existentes, para que dichos comportamientos afloren y se plasmen en realidades.

Puede visualizarse la dinámica de la innovación bottom-up como un sistema de ciclos innovadores que se replican a diversos niveles. Para que la innovación pueda tener lugar a un nivel superior, el ciclo de innovación debe estar produciéndose también en los niveles inferiores. Cada uno de dichos ciclos presenta la misma estructura.

proceso innovacion ciudades

El ciclo de innovación se inicia con una atención permanente al surgimiento de oportunidades. La detección de dichas oportunidades posibilita la fase creativa, o divergente, del ciclo. ¿De qué modo puede extraerse valor de esta oportunidad? Las personas creativas pueden imaginar multitud de ideas como respuesta a una misma oportunidad, por lo que es preciso después focalizarse sobre aquellas ideas que resulten más atractivas en la parte convergente del ciclo. Tomada la decisión de transformar la idea vencedora en una realidad, es preciso capacitarse, en recursos y conocimientos, para poder llevarla  a término, al tiempo que se inicia la acción que conducirá a la implantación final.

El proceso de innovación es por naturaleza arriesgado, y por tanto el éxito no está nunca garantizado. Sin embargo toda experiencia innovadora es siempre una fuente de aprendizaje, tanto desde el éxito como desde el fracaso. Dicha experiencia debe ser interiorizada e incorporada como bagaje de partida para reiniciar el siguiente ciclo de innovación.

Este ciclo es el engranaje que mueve la innovación a todos los niveles, desde la esfera personal hasta el ámbito de la ciudad en su conjunto. Una ciudad innovadora debe conseguir que los engranajes de la innovación giren de forma permanente y a gran velocidad, cerrando sucesivos ciclos de innovación en el menor tiempo posible.

Considerar que toda la innovación que tiene lugar en la ciudad se debe planificar, o bien que toda debe ser fruto de iniciativas distribuidas de los ciudadanos sería un error. Es necesario buscar el justo equilibrio entre los dos procesos top-down y bottom-up a fin de maximizar la capacidad innovadora de la ciudad. Es preciso que la innovación se produzca a todos los niveles, pero también lo es que se gestione sistemáticamente a alto nivel. Cualquier intento de gestionar la innovación dentro de una ciudad debe, en nuestra opinión, reconocer y explotar dicha dualidad.

CONCLUSIÓN

Las ciudades, como centros de atracción de talento y capital, deben desarrollar sus propias ventajas competitivas. La innovación, entendida en el sentido amplio en que se describe en este artículo, es el instrumento para crear y mantener dichas ventajas competitivas. En el futuro, gran parte de capacidad de una ciudad para diferenciarse estará centrada más en los valores intangibles que sea capaz de desarrollar a través de sus ciudadanos que en sus infraestructuras, que pasarán a ser condición necesaria, pero no suficiente, para posicionarse en un entorno globalizado.

En este contexto las ciudades no deben conformase en innovar de forma puntual. Deben aceptar el reto de trasformase en ciudades innovadoras que buscan, de forma sistemática y deliberada, hacer cosas nuevas o hacer las mismas cosas de formas nuevas, planteándose retos significativos y desafíos que aporten valor a los ciudadanos y a la sociedad en su conjunto.

Ello supone saber encontrar el justo equilibrio entre los planteamientos centralizados top-down, necesarios para la planificación y realización de los grandes proyectos de ciudad, y aquellos orientados a la identificación y potenciación de las iniciativas innovadoras que emergen del colectivo de los ciudadanos, en el sentido bottom-up, y que conforman el ecosistema de innovación de una ciudad.

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Xavier Ayneto Gubert
xayneto@ideas2value.net